Sábado nueve de la noche, la hidroeléctrica de Huampaní iluminada se deja contemplar bulliciosa desde lo alto del cerro, mientras tanto nosotros sentados en una de aquellas mesas comunes, esperamos a que una de las señoras coloque sobre el mantel de plástico a aquel esperado plato con anticuchos.
Mi padre siempre nos llevaba a aquel lugar, a degustar aquellas carnes calientes, mi hermana siempre pedía picarones, eso los sábados, pero las señoras estaban ahí durante toda la semana a partir de media tarde, recuerdo que ya en segundaria me escapaba del colegio y me sentaba en una de las sillas a degustar un buen vaso con chicha de jora, claro que antes me quitaba la insignia del colegio, pero siempre estaban ellas ahí, recuerdo a una señora blanca y gorda que preparaba los anticuchos mas ricos que he comido y también recuerdo a aquella señora sentada en la mesa chismoseando con mi madre acerca de la vida y milagros de los habitantes de la zona.
Pero bueno eso era antes y hoy en día mis padres se encuentran en el interior del país, mi hermana felizmente casada vive en el extranjero, el único de aquella familia que se ha quedado a vivir en Lima soy yo, y vivo realmente en Lima, ya estoy casado, sin embargo cada vez que puedo me doy un salto a Chaclacayo con Elizabeth, mi esposa, a caminar por entre aquella añorada soledad, por entre aquellas calles que tanto significan para mi, y le cuento, y me escucha todas las anécdotas que le voy contando y siempre a eso de las siete de la noche, estaciono el automóvil junto al mercado y Elizabeth y yo nos sentamos en una de aquellas bancas de madera a esperar que la hija de la señora blanca y gorda nos traiga aquel esperado plato con anticuchos, papas doradas, choclo y aji, por que valga verdades si uno se da una vuelta por Chaclacayo y no se sienta a comer ahí aunque sea una porción de papas doradas, entonces no ha ido a Chaclacayo.
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